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“Esto corruptible tiene que ser revestido de incorrupción, esto mortal tiene que ser revestido de inmortalidad. Y es un solo respiro entre esto y aquello. De anciano a joven, del tiempo a la Eternidad...”

LA PARTIDA DE UN PROFETA

La distancia de Tucson, Arizona, hasta Jeffersonville, Indiana, es de mil setecientas cincuenta millas. Se toman dos días y medio para manejar en carro, por lo que se conoce como la ruta norteña¯sube por Nuevo México, atravesar la parte angosta de Texas, Oklahoma, Missouri, y la punta sur de Illinois, para llegar a la región del Valle Ohio de la parte sur de Indiana.

Para la familia Branham ese era un camino muy conocido. Desde cuando se mudaron a Tucson, casi tres años antes, habían vuelto varias veces a su hogar en Jeffersonville, en particular durante las vacaciones de verano y los días feriados cuando no había clases. Durante esta visita el Hermano Branham tenía en mente predicar cuando menos dos mensajes.

Unos días antes de salir de Tucson, el Hermano Branham le pidió a Billy Paul que llamara a Banks Wood, un síndico del Tabernáculo Branham en Jeffersonville, para que él hiciera los arreglos y alquilara el auditorio del Parkview Junior High School para las reuniones. Dijo que uno de los temas que iba a predicar era El Rastro De La Serpiente.

Había estado lloviendo en Tucson por varios días, y el pronóstico era para mal tiempo en los estados de Nuevo México y Texas. La noche antes de salir de viaje, el Hermano Branham y Billy Paul tomaron el acuerdo de vestirse en su ropa de cacería (pantalones y chamarra de mezclilla) para el viaje, algo que por lo regular no hacían cuando viajaban con la familia.

Al Hermano Branham le gustaba salir bien temprano, y ya para las seis de la mañana del día 18 de diciembre de 1965, la caravana de dos carros ya había salido del limite de la ciudad de Tucson, rumbo al este por la carretera número 10. En el carro delantero, un Chevrolet rojo del año, iba Billy Paul, su esposa Loyce, y su hijo mayor, Paul, de cuatro años. El bebé, David, de trece meses, se había quedado en Tucson con la niñera, Betty Collins.

Siguiendo de cerca en una camioneta Ford de color amarillento, venía el Hermano Branham, su esposa Meda, Sarah y Joseph. El carro era modelo 1964, y tenía casi cincuenta y cinco mil millas recorridas, pero parecía casi nuevo. El Hermano Branham tomaba mucho interés en sus carros, y los mantenía limpios y en perfectas condiciones. Por lo regular él cambiaba carros cada dos años, y el modelo l966 que él había pedido de la fábrica ahora le estaba esperando en Jeffersonville.

En el asiento de atrás, Sarah, de catorce años, cuidadosamente ajustó los brazos del retén de los nuevos frenos que tenía en los dientes, luego alrededor del cuello abrochó la banda que mantenía en su lugar todo el mecanismo tan incómodo. De noche usaba el retén, y de vez en cuando durante el día aunque le estorbaba para hablar. Pero ella recordaba lo que le había dicho el odontólogo, que cuanto más usaba el retén entonces mucho antes podía deshacerse de los frenos, y con eso se sonrió y se acostó en su mitad del asiento para dormir otro rato antes de la parada donde tomarían el desayuno.

En el otro extremo del asiento estaba Joseph, de diez años. El no tenía sueño y no tenía planes de acostarse, pero miró con mucho cuidado para estar seguro de que Sarah no haya cruzado esa línea invisible que corre por la mitad del asiento y separa lo mío de lo tuyo. Era rara la ocasión cuando él podía decir que era dueño de toda la mitad de un asiento, y su intención era de gozarla.

Normalmente el carro llevaría un pasajero más, pero Rebekah, de diecinueve años, había permanecido en Tucson, aunque sería la primera Navidad que no estaría con la familia. Pero ella tenía dos razones por haberse quedado, la principal era que su novio, George, estaría en Tucson porque tenía quince días libres del ejército.

El segundo incentivo para quedarse era por razón de una sugerencia del Hermano Branham de que ella junto con su amiga Betty, que estaba cuidando al pequeño David, emplearan el tiempo de la ausencia de la familia para mudar toda la ropa y cosas del pequeño apartamento de la avenida Park a la casa nueva. Los muebles, que el Hermano Branham y Rebekah habían comprado en un viaje especial a Phoenix el 10 de diciembre, debían llegar antes de Navidad. Parecía un plan perfecto: Cuando la familia regresaba a Tucson el primero de enero, sería su primer día en la nueva dirección. Todo estaría listo y en su lugar.

Pero mientras, dentro de la camioneta Ford, los regalos bien envueltos que la familia intercambiaría el día de Navidad habían sido colocados con mucho cuidado arriba de las maletas para que no se dañaran. Los paquetes más grandes eran regalos que el Hermano y la Hermana Branham habían comprado el uno para el otro: Para él un traje nuevo de color café de la tienda J C Penney, y para ella una bata muy bella y colorida. El maletín de cuero del Hermano Branham, que contenía su Biblia y las libretas con los mensajes que iba predicar en Jeffersonville, estaba bien escondido detrás del asiento trasero.

Cuando los viajeros salieron del restaurante después del desayuno en el pequeño pueblo de Benson, Arizona, el sol estaba escondido detrás de nubes muy bajas. El pequeño Paul estaba encantado de que le permitieron viajar por algunas horas con Joseph en la camioneta de su abuelo, y pasó toda esa mañana brincando del asiento delantero, entre el abuelo y la abuelita, al asiento trasero, entre Joseph y Sarah. Después de la comida, en Alamogordo, Nuevo México, cuando Billy Paul quiso llevarse a Paul a su carro para que durmiera un rato, el Hermano Branham intercedió, y dijo: "Está bien. Déjalo que viaje conmigo."

Apenas habían pasado las seis de la tarde cuando la familia se paré para cenar en el restaurante Denny's en Clovis, Nuevo México. Ya habían viajado quinientas millas ese día, y tratarían de llegar a la ciudad de Amarillo, Texas, para dormir, casi cien millas más. Estaba haciendo frío, y por la radio supieron que ya estaba nevando en Amarillo.

Después decenar, que fue sólo un postre de limón para el Hermanó Branham, Billy habló con su padre respecto a la distancia que les quedaba por viajar. Mientras el grupo caminaba hacia los automóviles, Joseph se dirigió hacia el carro de Billy Paul, luego se detuvo y miró hacia su padre.

Rara vez se le había permitido viajar en el carro de Billy en tiempos pasados, pero en este día Paul ya había alterado la rutina que normalmente seguían, lo cual era cada uno en su propio carro. Él preguntó: "¿Puedo viajar ahora con Paul?"

El Hermano Branham se fijó en Billy para captar su reacción, luego respondió: "Seguro, vete con él por un rato."

Eran las siete cuando salieron del estacionamiento del restaurante. Nuevamente, Billy iba adelante mientras salían de la ciudad. Los dos muchachos hablaban quietamente en el asiento trasero. En la camioneta que seguía de cerca, Sarah se extendió por todo el asiento y rápidamente se durmió. El retén que atentamente había empleado por todo el día, ahora estaba guardado en su estuche.

Ocho millas más adelante, saliendo de Texico, una aldea situada en toda la línea que divide a Texas y Nuevo México, estaba un crucero difícil, donde el camino daba vuelta hacia el norte y se unía con la carretera 60, el camino que conduce a Amarillo. Billy Paul no tuvo ningún problema en dar esa vuelta. La verdad es que él y su padre habían pasado por allí muchas veces, y ambos conocían muy bien el camino. Pero al fijarse en el espejo retrovisor, se sorprendió al ver que el Hermano Branham, que venía siguiéndole de cerca, pasó por el crucero y ahora iba saliendo del pueblito hacia el sur. Rápidamente, Billy Paul se salió al lado de la carretera para esperar, sabiendo que en breves momentos el error se habría de descubrir y corregir. Pero para cuando el Hermano Branham llegó a donde estaba Billy y pudieron continuar, ya habían pasado casi cinco minutos.

Eran las siete veinticinco, y la pequeña porción de luna creciente que se apreciaba en el cielo ayudaba muy poco en despejar la oscuridad de la noche. La carretera de dos carriles entre Bovina y Friona, Texas, era plana y recta, con laterales amplios a cada lado del pavimento. La velocidad máxima era de sesenta y cinco millas por hora, precisamente la velocidad a que iba Billy Paul cuando rebasó el carro que tenía de frente y luego se metió nuevamente a su carril.

Momentos después, vio que venía hacia él lo que pensó ser el faro singular de una motocicleta, y venía virando de un lado a otro por la línea divisoria de la carretera. De repente pudo ver que no era una motocicleta sino un automóvil al cual le faltaba un faro, el del lado del conductor. Más de la mitad del vehículo estaba en su carril, y ya casi lo tenía encima. Billy giró el volante violentamente hacia la derecha causando que su carro se saliera completamente de la carretera. Durante el instante en que controló su vehículo y lo devolvió a la carretera, el otro vehículo, descontrolado, con el cual casi chocó, literalmente explotó de frente con el carro que venía atrás.

En el espejo retrovisor Billy Paul pudo ver el momento del impacto. El sonido del choque cortó a través de la noche fría en aquel llano de Texas como un trueno de guerra, envolviéndolo a él y sellando en su mente para siempre los ecos de aquel rugido.

Loyce comenzó a gritar: "¡Es el carro de tu papá! ¡Es el carro de tu papá!"

Pisé duro en el pedal del freno y giró el carro en ciento ochenta grados, dirigiéndose hacia la escena del choque. "¡El carro que yo rebasé estaba entre nosotros y Papá!" Era una respuesta frenética que a la vez era una pregunta y una súplica desesperada. Cuando la luz de sus faros penetró el aire polvoroso y lleno de escombros, pudo ver algunos resultados de la destrucción todavía girando debido a la fuerza del impacto. Penetraciones del asfalto y aceite derramado le llamaban la atención hacia la izquierda, y dirigió su carro en esa dirección.

En los confines de la luz estaba un cuadro de ruina total La camioneta Ford estaba a un ángulo con la carretera, con la frente hacia el este y todavía sobre las cuatro ruedas, pero el lado del chofer había sido transformado en una erupción de alambres y metal torcido. No había cinturones de seguridad, que al haberlas, hubieran ofrecido algo de protección a los ocupantes del vehículo. De los tres pasajeros, sólo se podía ver el Hermano Branham. De la cintura para abajo estaba prensado entre la puerta triturada y la columna direccional, y su cabeza y hombros estaban proyectados por la parabrisa destrozada. La luz áspera de los faros destacaba su rostro, que estaba volteado hacia fuera. Cuando vio a su padre, Billy Paul tomo aliento detenido en un llanto sofocante: "¡Está muerto!"

Para cuando el carro se detuvo completamente al lado de la carretera, Loyce ya había abierto la puerta y estaba corriendo hacia la camioneta arruinada. Instintivamente, Billy Paul instruyó a los dos muchachos que se quedaran adentro del carro con las puertas aseguradas; luego, lleno de horror, corrió al lado del Hermano Branham. Pero antes de llegar, vio la cabeza del Hermano Branham caer hacia delante, y al instante estaba estrechando los dos brazos por encima del armazón torcido para tomar la cabeza de su padre en las manos.

Desde adentro del Chevrolet estacionado se pudo escuchar el grito aterrorizado de un niño, y era que la mente joven de Joseph estaba asimilando todo el cuadro tan violento y espantoso. Inesperadamente, el Hermano Branham preguntó: "¿Quién fue?"

En una voz temblorosa, Billy Paul dijo: "Es Joseph, Papá."

Después de un momento el Hermano Branham respondió: "Dile a Joseph que todo esté bien."

El vehículo con un solo faro era un Chevrolet modelo 1959, conducido por un joven trabajador de campo de 17 años de edad, llamado Santiago Luis Ramos. Menos de treinta días antes, Ramos había sido puesto en libertad del reformatorio estatal, y apenas tres días antes había comprado el carro usado, dejando cien dólares de enganche. Había estado bebiendo alcohol junto con sus tres amigos que le acompañaban, y también traían alcohol en el carro en ese momento. Pero ahora, el cuerpo de Ramos estaba boca hacia abajo en el centro de la carretera. El estaba muerto y sus tres amigos estaban gravemente heridos.

El conductor del vehículo que venía inmediatamente atrás del Hermano Branham, un Sr. Busby, estaba intentando ayudar a los pasajeros del carro de Ramos. Otros conductores se detuvieron, mientras que otros gritaron que iban a ir en busca de auxilio. Friona, la ciudad más cercana, estaba a seis millas más hacia el este.

Desde el suelo detrás del asiento delantero, Billy Paul pudo oír a Sarah mientras ella gemía debajo de todo el equipaje que se le había venido encima. Desde el otro lado de la camioneta Loyce gritó: "¡Billy, tu mamá está muerta!" El corrió al otro lado donde la Hermana Meda estaba hecha una bola en el piso debajo del tablero, prensada entre el asiento y el aparato de calefacción. Momentos muy desesperados estaban pasando mientras él le buscaba el pulso, primero en el cuello y luego en el brazo, pero no había nada.

Dirigiéndose nuevamente al otro lado del carro y llegando lo más cerca que pudo a donde estaba su padre, Billy Paul dijo: "Papá, yo sé que estás herido de lo más grave, pero no sé cómo sacarte de aquí sin lastimarte aún más. Tengo que esperar hasta que llegue el equipo de rescate. Puedo oír a Sarah, y creo que va a estar bien. Pero Papá, creo que Mamá ha muerto."

El Hermano Branham levantó la cabeza un tantito, y preguntó: "¿Dónde está?"

Billy le respondió: "Esté a tu derecha."

Su brazo izquierdo estaba molido en la puerta destruida, y aun el menor movimiento debe haber multiplicado centenares de veces la agonía ardiente que estaba sufriendo, pero de alguna manera él se extendió lo suficiente para colocar la mano derecha sobre su esposa. En una voz apacible él oró: "Señor, no permitas que Mamá muera. Sé con nosotros en esta hora."

En cuestión de momentos la Hermana Branham comenzó a moverse, luego Billy Paul la pudo oír gimiendo. El preguntó que si debiera hacer el intento de sacar a su mamá del carro. "No, déjala quieta," le instruyó su padre, "y también deja a Sarah."

La sirena de la ambulancia se oía desde lejos mientras penetraba la oscuridad, y se acercaba.

Las primeras víctimas que fueron llevadas al hospital fueron la Hermana Branham y Sarah, mientras que los agentes de la patrulla de caminos y otros equipos de rescate que habían llegado a la escena trabajaban con Billy Paul para sacar al Hermano Branham del carro chocado. La ambulancia hizo un segundo viaje, y luego un tercer viaje desde la escena del choque hasta el hospital, en Friona con el muerto y los heridos del otro carro. Para entonces ya hablan pasado cuarenta y cinco minutos, y todavía no habían logrado sacar al Hermano Branham. Todo medio disponible había sido empleado para tratar de remover la puerta del lado del chofer, pero sin éxito. Los agentes de rescate sabían que se precisaba tomar acción inmediata si esperaban que este hombre sobreviviera.

En la línea de tráfico, que se extendía por seis millas en ambas direcciones, habla un hombre manejando un pick-up equipada con doble tracción y una cadena bien fuerte, el cual ofreció para ayudar en el rescate. En una operación peligrosa pero desesperada, una grúa aseguró su cadena al parachoques trasero de la camioneta chocada, mientras que sujetaron la cadena del voluntario a la parte del armazón del lado izquierdo de la parabrisa. Cuando Billy Paul dio la señal, comenzaron a jalar el carro de ambas direcciones, causando que se abriera un pequeño hueco en la torcedura. En el pequeño espacio creado, él pudo encaramarse sobre el hombro derecho de su padre y extender la mano debajo del tablero para desenredar la pierna izquierda que estaba envuelta en la columna direccional. Por fin el Hermano Branham estaba libre de la trampa de hierro que lo tenía sujeto. "Sujétame Pablo," dijo él, mientras cayó en los brazos de su hijo y fue sacado del carro.

En cinco minutos la ambulancia había entregado el paciente más grave a la sala de emergencia en el pequeño hospital en Friona. Permitieron a Billy Paul acompañar a su padre en la ambulancia para el traslado. Totalmente consciente, pero en una voz que estaba menguando, el Hermano Branham preguntó: "¿Tengo puesta la peluca?"

Durante los meses antes del accidente, el Hermano Branham había usado la pequeña peluca con más frecuencia, pero acostado allí en la ambulancia veloz la pregunta parecía demasiada irracional. Pero aún más sorprendente era su respuesta cuando Billy le dijo que sí la traía puesta. Le mandó: "Quítamela."

Con ternura, Billy Paul colocó una mano temblorosa en la cabeza de su padre y le dio varios estirones a la peluca que estaba bien sujetada; no lo suficiente para lastimarlo, pero suficientemente para que lo hubiera sentido. "Papá, está muy bien pegada. Más tarde la podemos quitar."

"¡Quítamela!" Esta vez ya no era una petición cortés. Achicando los ojos en la oscuridad en que se encontraban, Billy Paul trató, pero en vano, de enfocar en los ojos de su padre, conociendo muy bien la mirada penetrante que siempre acompañaba esa voz de autoridad. Sin más titubeo, arrancó la peluca de la cabeza del profeta.

Cuando la última ambulancia llegó al hospital, ya hablan llevado a Sarah y la Hermana Branham a otro piso para tomar radiografías. Loyce y los niños estaban en la sala de espera, recibiendo amparo de una familia local quienes eran testigos oculares del accidente y se habían quedado para ofrecer ayudar en lo que pudieran. Aun cuando habían llevado su padre a otro cuarto para examinarlo, Billy Paul no podía entregarse a la debilidad que sentía. Halló un teléfono y llamó a su casa en Tucson, donde su hermana Rebekah se estaba quedando con su amiga, Betty.

El personal médico de turno esa noche no podía ofrecer ninguna palabra de ánimo con respecto a la condición del Hermano Branham. Al ver las radiografías se dieron cuenta de que no estaban equipados para un caso tan grave, y rápidamente comenzaron a preparar el paciente para el traslado al Northwest Texas Hospital en Amarillo, una distancia de setenta millas. Pero, a pesar de los planes, pasarían varias horas antes de que se efectuara el traslado.

Una reducción peligrosa de la sangre a través del tejido del cuerpo produce una condición llamada Shock (choque). Si la víctima no recibe una infusión inmediata de sangre, el pronóstico es coma y luego muerte. Billy Paul acababa de colgar el teléfono cuando uno de los médicos lo llamó a un lado: "Mira hijo, a tu padre no le podemos ofrecer muchas posibilidades. Puede ser que esté entrando ahora mismo en estado de shock y aquí no tenemos suficiente sangre para ayudarlo. Me urge saber qué tipo de sangre tienes."

Aunque a primera consideración parecía que Billy Paul seria un donador aceptable bajo estas circunstancias desesperadas, cuando realizaron una prueba de compatibilidad hallaron que sí compartían sangre del mismo tipo, pero la sangre de Billy Paul contenía factores Rh, y por lo tanto no era compatible con la de su padre. El Sheriff local, que también compartía sangre del mismo tipo, fue probado para compatibilidad, y fue aprobado como un donador compatible.

Para cuando prepararon la primera unidad de sangre, la presión de la sangre del Hermano Branham estaba tan extremadamente baja que para poder recibir la transfusión, fue colocado sobre una cama que podían ajustar a donde casi estaba parado de cabeza. En las próximas ocho horas le pudieron dar tres unidades de sangre.

Cuando los médicos se dieron cuenta de que sería un buen tiempo antes de que la condición del Hermano Branham estuviera suficientemente estabilizada para aguantar el traslado al hospital en Amarillo, decidieron enviar a Sarah y la Hermana Branham de una vez. Ya habían prestado todo el cuidado preeliminar disponible a ambas pacientes, pero ellas también necesitaban del tratamiento de emergencia que sólo existía en aquel hospital más grande. Madre e hija estaban inconscientes, y los exámenes revelaron una contusión, laceraciones, y huesos quebrados. Sus radiografías fueron colocadas en un sobre en cada camilla, luego colocaron otra cobija sobre cada paciente y las llevaron a la ambulancia.

Billy Paul ahora estaba solo en la sala de espera. Todo estaba quieto con la excepción del latir de su corazón en sus oídos. El sabía que ya para esa hora muchas personas estaban de rodillas orando por la familia Branham, y le fue de gran consolación. Loyce y los dos niños habían aceptado la invitación de una familia amorosa a descansar unas horas en su hogar. El médico entró para avisar que la presión arterial del Hermano Branham había subido un poco, y que dentro de poco estaría listo para el traslado a Amarillo, en donde el personal del hospital ya había sido alertado y estaban preparados y esperando su llegada. Billy Paul, no habiendo dormido en más de 24 horas, fue ofrecido un asiento en la ambulancia al lado de su padre y una enfermera. El aceptó agradecidamente. Eran las seis de la mañana, domingo, 19 de diciembre.

Al llegar al Northwest Hospital en Amarillo, la Hermana Branham fue colocada en la Unidad de Cuidado Intensivo (UCI). El diagnostico fue que tenía una contusión muy grave, laceraciones en la cabeza y en el cuerpo, un hueso destrozado en la pierna izquierda, y una herida profunda, también en la pierna izquierda. Tenía la cara hinchada a tal grado que era irreconocible y permanecía inconsciente.

Sarah estaba semiconsciente, y fue colocada en una habitación privada en el segundo piso. Varios especialistas ortopédicos examinaron las radiografías tomadas en Friona y estaban animados con lo que vieron. Aunque padecía de fracturas en siete vértebras, al parecer la columna vertebral no estaba dañada, y gozaba de tacto en los brazos y piernas. Por lo pronto sólo podían inmovilizar su cabeza y columna, y recetar grandes dosis de drogas. Al recobrar la conciencia totalmente el dolor sería insoportable. Su recuperación tomaría mucho tiempo.

Sarah también estaba sufriendo de otra herida que precisaba atención especializada, su boca. En el momento del impacto ella pegó con la cara violentamente en la parte trasera del asiento delantero, y ahora los frenos estaban hundidos en la carne de sus labios. Habían llamado un odontólogo al hospital para el trabajo tedioso de cortar los alambres de los frenos para entonces poder aliviarle la boca. Si no hubiera sido por los frenos, no cabe duda que hubiera perdido quizás todos los dientes. Por otra parte, si hubiera tenido puesto el retén, las puntas agudas le hubieran penetrado la boca y el resultado hubiera sido fatal.

A las siete y media de la mañana llegó al hospital la ambulancia con el Hermano Branham, y lo llevaron inmediatamente al quirófano. Después de verificar la condición de su madre y su hermana, Billy Paul halló un teléfono y comenzó a llamar a los parientes y amigos para informarles de las condiciones actuales. Estando totalmente agotado, casi ni se dio cuenta cuando a la media hora entró el Hermano Pearry Green, de Tucson, Arizona, y le puso un brazo sobre el hombro. Le dijo: "Hermano Billy, has hecho más que lo suficiente," y con cariño le quitó el teléfono.

A un lado de la Unidad de Cuidado Intensivo donde estaba el Hermano y la Hermana Branham, había una sala de espera la cual se estaba llenando con parientes y amistades que estaban llegando de todos los Estados Unidos. Para esa tarde había más de treinta rostros ansiosos esperando informes del visitante singular que el hospital permitía entrar por cinco minutos cada hora.

Rebekah y su prometido, George Smith, llegaron al hospital a las tres de la tarde. Todavía quedaban treinta minutos antes de que oficialmente permitieran al siguiente visitante, pero las enfermeras cariñosamente permitieron que Rebekah viera a sus padres.

En el cuarto grande que era la Unidad de Cuidado Intensivo había doce camas, todas ocupadas. El puesto de las enfermeras estaba a la derecha de la puerta, y de frente tenían seis camas, cada una separada de la otra por una cortina blanca. La cama del Hermano Branham era la más próxima a las enfermeras.

Su brazo y pierna izquierda estaban inmovilizados, pero aún no los habían enyesado. Los huesos del brazo estaban rotos en tantos lugares que los médicos no sabían si en realidad sería posible realinearlos correctamente. Tenía la cabeza demasiadamente hinchada y los ojos abiertos pero sin enfocar (una síntoma de la herida al cráneo). Habían hecho una traqueotomía, la cual hacía cada respiro parecer un gran esfuerzo. El ya no respondía a estímulos externos, y los médicos dedujeron que ya estaba en una coma profunda.

La Hermana Branham estaba en la tercera cama del lado izquierdo, todavía inconsciente y su condición era crítica.

Sarah ya había recobrado conocimiento pero sólo podía mover los ojos. No podía formar palabras por razón de las laceraciones en la boca, y el ajuste mínimo de la cobija le causaba dolor que ni la morfina podía controlar.

A través de las ventanas de la sala de espera los cielos parecían tenebrosos y ominosos para los hermanos que mantenían la vigilia. De ninguna manera admitirían en su mente lo impensable. Oraban celosamente, y esperaban alguna señal de parte de su amado profeta.

El día martes la Hermana Branham volvió en sí, pero permanecía confundida en su modo de pensar. No recordaba nada en absoluto del accidente, pero sí pudo reconocer amistades y parientes. Constantemente preguntaba: "¿Adónde está Bill?" Le respondían francamente, pero a los pocos momentos ella repetía: "¿Dónde está Bill?" La trasladaron a un cuarto cerca de Sarah en el segundo piso.

El miércoles, 22 de diciembre, ya el cuarto día, los visitantes notaron que el ojo izquierdo del Hermano Branham estaba más hinchado. Los médicos habían estado vigilando de cerca la condición de ese ojo por cuarenta y ocho horas; ahora, después de unos exámenes, determinaron que esto era porque el ceso estaba hinchado. Requerían el permiso inmediato de la familia para operar y quitar una porción del cerebro sobre la sien izquierda, y de esa manera permitirle más lugar al seso. Explicaron que si permitían que el ceso tocara el cráneo la muerte sería instantánea.

Sesenta y cinco hermanos estaban en la sala de espera cuando Billy Paul salió y anunció que necesitaban intervenir con cirugía inmediatamente, y pidió que todos los santos oraran con él antes de firmar, otorgando el permiso a los médicos. Después de la oración comenzaron a cantar muy lentamente, En Las Alas De Una Paloma Blanca. A través de la ventana entró un rayo de la luz del sol que milagrosamente había penetrado la interminable capa de nubes, e inundó todo el cuarto con una calma. Era la primera señal que habían visto.

Según la evaluación del médico, tuvieron éxito con la cirugía, y el Hermano Branham fue regresado a la UCI. En preparación para la cirugía le rasuraron la cabeza y le pusieron una capa de ungüento sobre el ojo izquierdo que permanecía abierto.

Distintos hermanos tomaron su turno en contestar el teléfono que había sido instalado para el beneficio de tanta gente que deseaba saber de la condición del Hermano Branham. Día y noche entraban las llamadas de distintas partes del mundo, de los seguidores alarmados y afligidos: "¿Es verdad lo que ha pasado? Desde luego, el Hermano Branham sanará, ¿no es así? ¡Este será el mayor milagro de todo su ministerio, ya van a ver!"

El jueves, el Doctor Hines, un especialista de los huesos, habló con la familia respecto al brazo izquierdo del Hermano Branham. Comenzando con una condición que él mismo pensaba irreparable el día domingo, los huesos ahora se habían alineado por su cuenta a donde pensaba que podría salvar el brazo. Si todo seguía en este curso entonces en unos dos días iba poder enyesar el brazo. Esta era la primera noticia buena que habían recibido, y por primera vez en cinco días ahora había porqué sonreír.

A las cuatro y treinta y siete de la madrugada del 24 de diciembre el Hermano Branham dejó de respirar por su cuenta y fue colocado en la respiradora. Las enfermeras reconocían los síntomas y sabían que el fin estaba próximo, y trataron en vano de preparar la familia para las próximas horas. Pero ellos se mantuvieron firmes en su creencia de que Dios proveería el milagro que necesitaban. La condición de la Hermana Branham seguía mejorando, y el soporte ortopédico que le habían puesto a Sarah le estaba aliviando un poco del dolor. A cualquier momento esperaban escuchar el anuncio, avisando que el Hermano Branham había recuperado milagrosamente.

Pero a través del día los médicos no informaron de ningún cambio en la condición del Hermano Branham. A la hora de la cena Billy Paul estaba en el comedor del hospital cuando recibió la noticia que el Doctor Hines que deseaba hablar con él. Apresuradamente volvió a la sala de espera de la UCI y la enfermera lo llevó directamente al consultorio que estaba al lado de la estación de las enfermeras. El pudo ver que la cortina estaba cerrada alrededor de la cama del Hermano Branham, pero eso no era nada fuera de lo común. En otras ocasiones la familia había sido llamada al consultorio, y ahora Billy Paul estaba diciendo entre sí mismo que no había porqué estar alarmado. Además, el Doctor Hines sólo era el especialista ortopédico, no el neurólogo el cual lidiaba con los problemas graves.

El Doctor Hines entró al cuarto. "Sr. Branham, tengo que darle esta noticia grave. Su padre falleció esta tarde a las cinco cuarenta y nueve."

En varias ocasiones el Hermano Branham le dijo a distintos amigos: "Si alguna vez oyen decir que he partido, deténganse por unos momentos y canten un coro de Sólo Creed en mi memoria." Ahora, en esa sala de espera, sesenta y cinco varones se pusieron de pie y entonaron las palabras y la melodía: Sólo crea; sólo crea; todo es posible sólo creed Y, de alguna manera, parecía que hallaban consuelo en las palabras, mientras que en cada corazón estaba la interrogativa: "Dios, ¿y ahora qué?"

Muy cerca del horizonte en el oeste, el sol, la luna y la estrella vespertina parecían estar tan cerca el uno del otro como que tocarían.

Después de la partida del profeta, el personal de la UCI dio permiso para que siete amigos del profeta se reunieran alrededor de su cama por última vez antes de que el cadáver fuera removido por el director de la funeraria. Estando muy agradecido por su atenta cortesía, Billy Paul se dirigió al Hermano Pearry Green, que estaba a su lado, y le pidió que nombrara siete de entre los sesenta y cinco varones presentes. Con su espalda hacia ellos, el Hermano Green pronunció los primeros siete nombres que le vinieron a la mente: Holin Hickerson, Vemon Mann, Orlin Walker, Richard Blair, Welch Evans, John Martin, Earl Martin.

Cuando el Hermano Branham fue traído a la UCI el 19 de diciembre, habían otros once pacientes muy graves recibiendo atención. Durante aproximadamente 130 horas que él estuvo en esa sala, no hubo una sola muerte, aunque un paciente sufrió paro del corazón cinco veces en una sola noche. Casi todos los pacientes ya habían sido trasladados de la UCI, y el lugar estaba quieto cuando los amigos se reunieron alrededor de la cama del profeta.

Citando de Segunda de Reyes 2:12, uno de los hermanos repitió las palabras de Eliseo: "¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y su gente de a caballo!"

Cuando los siete hermanos hubieron salido de la UCI, el cadáver del Hermano Branham fue colocado sobre una camilla y cubierto con una cobija roja. Una vez más, Billy Paul se dirigió al Hermano Green, el cual había sido su amigo desde los días cuando asistieron juntos a la escuela Bíblica, y le dijo: "Pearry, lleva a Papá a casa"

Antes de partir de Amarillo con el cadáver del profeta, el Hermano Green recibió de Rebekah la caja que contenía el traje nuevo de color café, el cual hubiera sido el regalo de navidad de la Hermana Branham para su esposo. El lo llevó y lo entregó al Sr. Coots, el director de la funeraria en Jeffersonville.

El ataúd que fue usado para transportar el cadáver del profeta de Amarillo a Jeffersonville fue usado después por el Sr. Coots para el entierro de un indigente.

Al día siguiente se hicieron los arreglos para transportar a la Hermana Branham, Sarah, Billy Paul, Loyce, Joseph, Rebekah y George. Se alquilaron dos avionetas que podían acomodar una camilla en cada una, y temprano el día domingo la familia comenzó la última etapa de su viaje fatal a Jeffersonville. El soporte de Sarah, un armazón de aluminio forrado con cuero, mantenía su cuerpo rígido desde el cuello hasta pasando la cintura. Cobijas bien enrolladas prohibían que se moviera mientras que la camilla fue instalada en la avioneta.

Antes de irse del hospital, las enfermeras le ayudaron a la Hermana Branham a ponerse la bata nueva. Ella había pedido que se la pusieran, aunque todavía no podía mantenerse sentada y viajaría acostada sobre una camilla.

Amigos que estaban volviendo a Tucson se llevaron al pequeño Paul y lo cuidaron hasta cuando la familia volvió.

El servicio fúnebre del Hermano Branham se celebró el 29 de diciembre en el Tabernáculo Branham. Centenares de personas llenaron el auditorio y también el estacionamiento. Habían venido a ofrecer sus respetos finales a un hombre cuya vida y ministerio anunciaron la Segunda Venida del Señor Jesucristo.

Al llegar a Jeffersonville, la Hermana Branham y Sarah fueron trasladadas por medio de ambulancia al Clark County Memorial Hospital. No pudieron asistir al servicio fúnebre.

Aunque Billy Paul sabía que el demorar el entierro del cadáver del profeta daría lugar a rumores desproporcionados, a la vez sabia que el derecho de escoger en dónde se sepultaría le pertenecía a una sola persona, la Hermana Branham. Ciertamente no era una decisión que se haría sin consideración adecuada, aun por una persona con todos sus cabales, y la pura verdad era que ella simplemente no tenía la capacidad en ese tiempo de hacer esa decisión. Aunque su condición iba mejorando de día en día, los médicos le informaron a Billy Paul que sería cuestión de varias semanas hasta cuando ella estaría suficientemente recuperada para entender bien lo que se le estaba pidiendo.

La única opción lógica era de demorar el entierro hasta cuando ella pudiera decidir por su propia cuenta, y así fue. Después del servicio en el Tabernáculo, el ataúd conteniendo el cadáver del profeta fue devuelto a la Funeraria Coots en el centro de Jeffersonville, donde fue guardado en un depósito por un poco más de cien días.

El 11 de abril de 1966, el cadáver del Hermano Branham fue enterrado en Eastern Cementery, que está a una cuadra del Tabernáculo Branham.

El día del funeral del Hermano Branham, cerraron las calles alrededor del Tabernáculo para que hubiera suficiente estacionamiento para la multitud de gente.

 

"Ahora él pertenece a las edades"*

 

Epílogo

La Hermana Branham fue despedida del hospital el 15 de enero de 1966. La recuperación de la herida en la pierna tomó varios meses, y los efectos de la concusión duraron más de un año. Jamás recuperó su memoria de los días inmediatamente antes del accidente, o del accidente mismo. La Hermana Branham partió con el Señor el 12 de mayo de 1981. Está sepultada junto a su esposo.

Sarah permaneció en el hospital hasta el 5 de marzo de 1966, pero continuó con el soporte ortopédico por once meses más. Hoy día está casada y tiene ocho hijos.

La familia se mudó a la casa nueva en Tucson, Arizona, el día 23 de octubre de 1966.

Sentía carne de gallina en los brazos. Lo que estaba mirando era una piedra en forma de pirámide con ángulos agudos, y una mesa formada de piedra.

*Palabras habladas por el Secretario de Guerra, Edwin Stanton, en la ocasión de la muerte del Presidente Abraham Lincoln, el 14 de abril de 1865.

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Billy Paul Branham

    Papá y yo viajamos muchas millas juntos, y vimos muchas cosas, mucho accidentes. Yo había visto a personas morir.
    Cuando los faros de mi carro enfocaron en el carro de Papá, y lo pude ver, yo pensaba que ya había partido, porque tenia los ojos abiertos y la cara hinchada. Era algo que yo había visto antes.
    El estaba prensado en el vehículo de tal manera que no se podía mover. Su brazo izquierdo estaba en la puerta, y el metal lo tenía atrapado. Su pierna izquierda estaba envuelta en la columna direccional. La mayor parte de su cuerpo, la cabeza y los hombros, habían salidos por el parabrisa y estaba sobre el capó.
    Es preciso que diga esto aquí, algo que había ocurrido unas semanas antes, cuando andábamos de cacería en la parte norte de Arizona, los Hermano Gene Norman, Don Weerts, Brewer, yo y el Hermano Branham. Una cierta noche me enfermé (tengo una condición nerviosa), y me alejé del campamento a caminar solo por el bosque, y estaba llorando porque me sentía mal, y hasta vomité la cena. Un poco después, todavía enfermo, volví al campamento. Note que Papá se quitó el sombrero e inclinó su cabeza, parado allí cerca de la fogata; y a los pocos momentos yo ya no sentía nada de enfermedad.
    El no había podido cenar esa noche, y un poco después le pregunté si le podía preparar una sopa o algo. El me dijo: "No", y se fue caminando. Cuando regresó un poco después, note que había estado llorando. Se acerco a la fogata, y fui a su lado y le pregunte: "Papá, ¿te sientes bien?"
    Me dijo: "Estoy bien." Antes de acostarnos esa noche, él dijo algo que nunca antes le había oído decir. Se dirigió a los hermanos y dijo: "¿Notaron cuando Billy se fue caminando hace rato?"
    Todos respondieron, "Si."
    Dijo: "Por eso es que a Billy le gusta estar cerca de mí. El sabe que si yo oro por él, todo estará bien."
    "Hermano Norman", continuó diciendo, "¿se acuerda Ud. cuando se cayó de la cerca, hace unas semanas, y se amoló el tobillo? Ud. pensó que no iba a poder caminar con ese pie por muchos días. Simplemente puse mi mano sobre Ud., y oré, y a los dos días Ud. ya estaba en el trabajo." El Hermano Norman accedió que era la verdad.
    Papá dijo: "Hace algunos meses yo andaba de cacería y pisé mal y me torcí el tobillo." Entonces se quito la bota, y dijo: "Fíjense en esto." Todo su tobillo aún estaba bien morado.
    Dijo: "Billy estaba nervioso que no pensaba continuar, pero ahora estás bien, ¿verdad Billy?"
    Dije: "Sí."
    El dijo: "Simplemente es ese toque. Sin embargo, yo he orado por este tobillo, y sigue igual. He rogado por mi condición nerviosa y aún perdura. La dádiva no es para mí. Fue enviada para Uds."
    Admito que entonces eran puras palabras para mí, pero en la noche del accidente, él me miro y me preguntó: "¿Me puedes sacar de aquí?"
    Lo intente, en verdad hice todo el esfuerzo. Luego le dije: "No, no puedo." Tenia su cabeza en mis manos, y le dije: "Papá, mírame." Abrió sus ojos. "Papá, tú habla la Palabra y saldrás."
    El volteó la cabeza hacia la derecha. No dijo nada, sólo volteó su cabeza para no verme, luego fue cuando entendí lo que quiso decir que no era para él sino para nosotros.

Tomado de: Un Testimonio Personal por Billy Paul Branham; Phoenix, Arizona; 26 de enero de 1966.

 

 

 

 

 

 

 

Rebekah Smith

    George y yo habíamos aceptado una invitación de parte de Pearry y Janice Green para visitarlos en su hogar la noche del día 18; y cuando él llego a la casa de Billy Paul para buscarme (yo y Betty nos estábamos quedando allí mientras la familia andaba de viaje), ya se estaba oscureciendo. Esto ya me tenia preocupada porque ni él ni yo conocíamos bien el camino a la casa de los Green, una casa campestre en el extremo oriente de Tucson, y tenía temor de que no podríamos dar con la casa de noche. Una hora más tarde estábamos preguntando por tercera vez cómo llegar y yo ya estaba en lágrimas. George me aseguró: "Ya sé que estamos cerca", pero yo simplemente quería regresar a casa. En realidad no tenía nad que ver con el hecho de no poder dar con la casa de los Green, de todo corazón deseaba estar en nuestra casa, en la avenida Park, pero no sabía el porqué. Eran las siete y media cuando por fin hallamos la entrada a la casa, y me sequé los ojos y decidí que me estaba imaginando cosas.
    Nos estuvimos allí hasta las nueve, y aproximadamente cuarenta y cinco minutos después estábamos de regreso en la casa de Billy Paul en la calle Edison. Al oír llegar el carro, Betty vino a la puerta y me gritó: "¡Ha habido un accidente! Billy Paul volverá a llamar en unos momentos." Billy había llamado cuando nosotros acabábamos de partir de la casa de los Green, y Betty había estado caminando de aquí para allá en la casa, esperando que yo apareciera. Luego las dos caminamos de aquí para allá, porque hasta que Billy Paul llamara, sólo podíamos orar y esperar.
    Yo no podía creer que el accidente fuera algo muy serio. Me dije a mi misma que quizá Billy Paul quería decirme que me apresurara con la mudanza de las cosas a la casa nueva porque habían decidido volver a Tucson en vez de seguir a Jeffersonville. Papá cuidaba su carro minuciosamente, y yo sabía que si hubiera chocado en lo más mínimo, él desearía repararlo de inmediato.
    Me fui a la recamara para esperar la llamada, la cual llegó a los pocos instantes. Me acuerdo, pero no puedo describir cómo se oía Billy. No me dio muchos detalles del accidente, sólo que Papá, Mamá y Sarah estaban muy graves, y que era muy serio. Me dijo: "Vente mañana en el primer vuelo a Amarillo."
    Quizá fue alguna forma de negación que me causó decirle: "No sería mejor que me quedará aquí y preparara la casa para cuando lleguen?" ¡Cómo ansiaba oír que estaría bien en unos días y podrían volver a casa!
    "Mira, hermanita, escúchame", me dijo, "no te puedo relatar por teléfono la gravedad de la situación, pero es muy preciso que estés aquí.
    "No te vengas en una avioneta, sé como se siente Papá respecto a los aviones pequeños y no estaría conforme con que viajaras de esa manera, pero vente en el primer vuelo comercial. Estaremos en el Northwest Texas Hospital. Y hermana, ora como nunca has orado en toda tu vida."
    Aunque ya estaba segura de la respuesta, le tenía que hacer una pregunta más antes de colgar. "¿A qué horas ocurrió?"
    Me respondió: "A la siete y veinticinco."
El teléfono siguió sonando por toda la noche. Ninguno quería creer lo que había oído. Al día Siguiente cuando yo y George nos subimos al vuelo de American Airlines, habian varios conocidos entre los pasajeros.

 

 

 

 

 

 

 

Jack Palmer

    Eran como las dos de la mañana del 19 de diciembre, cuando recibimos una llamada de nuestros amigos en Tucson, avisándonos del accidente. Me decidí ir a Amarillo, para prestar ayuda a la familia en lo que pudiera, y para las ocho de la mañana ya estaba de viaje.
    Cuando llegue a Amarillo y entré al terminal aéreo, dos hermanos de Phoenix, los Moseley, me recibieron y ofrecieron llevarme al hospital. Al llegar, hallamos que ya habían llegado como treinta personas.
    A medida que comenzaban a llegar las llamadas de todos los Estados Unidos y de otros países, el personal del hospital se dio cuenta que tenían a un paciente muy importante en la UCI, y nos prestaron la capilla del hospital para las vigilias de oración. De todos los hospitales que yo he visitado, ninguno se compara con el personal amistoso, servicial y cortés del Northwest Texas Hospital.
    Parecía que las enfermeras en el UCI tomaban un interés particular en nosotros. Recuerdo un día en particular cuando entré y la supervisora vino a donde yo estaba parado y dijo: "Nosotras, las enfermeras tuvimos una pequeña conferencia y estamos tratando de calcular quienes son ustedes" Comenzo a sonreirse y dijo: "Yo les dije que eran Mormones, ¿lo son?"
    Le respondí: "No, no somos Mormones, somos Cristianos que creemos toda la Biblia, y no somos denominacionales." Parecía que estaba un poco desalentada al descubrir que estaban erradas, pero comenzaron a prepararnos café y pasteles.
    No era sino hasta la tarde del quinto día cuando me tocó ver al Hermano Branham. Cuando le hablé no había ninguna respuesta. Hasta el día de hoy no puedo hallar las palabras para describir cómo me sentí al estar allí sólo con él. Es que el Hermano Branham no sólo era el profeta de Dios para nuestro día, y también el Séptimo Angel y Mensajero, pero para mí era como mi propio padre y yo lo amaba. Un cierto día me dijo: "Hermano Jack, si en alguna ocasión Ud. me necesita, llámeme y haré lo posible para ayudarle." En ninguna ocasión falló al cumplir con esa promesa.
    El viernes por la tarde, el día 24, yo estaba en la cafetería del hospital con algunos hermanos cuando alguien nos llamó la atención y nos dijo: "El Hermano Branham acaba de partir." Por unos momentos había solamente un silencio pasmado, luego me marché a la sala de espera. Me pidieron que me encargara del teléfono y me dieron una lista de nombres a los cuales debía llamar, gente esperando saber alguna noticia respecto al profeta. En la lista había más de treinta números, y era la Noche Buena. Los circuitos telefónicos estaban muy ocupados, pero cuando por fin pude conseguir una operadora, le pedí que se quedara en la linea para ayudarme por cuanto tenía que hacer varias llamadas. Me dijo que estaría encantada, y me acuerdo que entre dos de las llamadas, ella me dijo estas palabras: "Sin duda, el Reverendo Branham debe haber sido un hombre maravilloso." Le dije: "Si, era un hombre muy maravilloso."
    Hice una llamada a Venezuela donde quinientas personas habían estado orando día y noche. Pero ya era el tiempo en que el Hermano Branham debía partir.

 

 

 

 

 

 

 

Richard Blair

    Cuando nos llamaron a entrar al cuarto en la hora de la partida del Hermano Branham, me acuerdo que su mirada era hacia el este. La expresión que mostraba era la de un soldado valiente. La mirada firme me expresaba estas palabras: "He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe."
    Nos reunimos alrededor de la cama y entonamos suavemente el cantó Sólo Creed. Había una paz que se sentía en ese cuarto.
    Salimos manejando hacía casa esa misma noche y en el carro había un tremendo silencio. Ninguno de nosotros queríamos creer que esto en realidad había ocurrido, y es que nadie pensaba que los eventos se desenvolverían de esa forma. Recuerdo haber mirado hacia la luna y la estrella vespertina. Estaban tan próximos y tan brillantes.
    En julio de 1965, algunos hermanos y yo fuimos a Tucson y el Hermano Branham nos llevó a un restaurante mexicano para comer. Después, en el carro, nos habló de los tres bautismos: el bautismo en agua, el bautismo del Espíritu, y el bautismo de muerte. Mientras manejaba se dio la vuelta y nos dijo: "Muchachos, Uds. saben que no puedo estar mucho tiempo más con ustedes."
    Nos llevó y nos mostró su casa nueva. En el patio de enfrente había una rueda de carreta y una calavera de un res que estaban colocadas encima de unas piedras. Señalando hacia allí nos dijo: "Aquí es donde un viejo explorador llegó al final de su camino."

 

 

 

 

 

 

 

Pearry Green

    Estaba alarmado e indeciso cuando al principio me dijeron que era necesario embalsamar el cadáver para el traslado a otra región del país, pero luego me acordé de que en las Escrituras Lázaro había estado vendado, y también embalsamaron a Jesús. Según la Palabra de Dios esto no les había impedido a ellos. Resueltamente me dirigí hacia el director de la funeraria y firmé los papeles para que prosigan con el embalsamamiento.
    El Hermano Billy Paul me había llamado a su hotel, pero antes de ir, le pedí al director de la funeraria que colocara el cadáver en un cuarto aparte y que asegurara la puerta por el tiempo que yo estaría ausente. En verdad, no pensaba hallar al Hermano Branham cuando volviera.
    Luego llegó la hora cuando tendría que acompañar el cadáver del profeta y volar hasta Jeffersonville. Estaba incómodo al pensar que iba a viajar solo, y el Hermano Collins me acompañó hasta el aeropuerto. Cuando llegamos a la funeraria, vimos que habían colocado el cadáver en un pequeño ataúd gris y ya estaba cerrada. Sentí la importancia de que hubiera un testigo del hecho de que allí en ese ataúd, en realidad estaba el cadáver del profeta; por lo tanto, pedí que la abrieran para que el Hermano Collins pudiera ver. Nos complacieron. La escena está grabada muy bien en mi mente. El cadáver del Hermano Branham estaba vestido en una túnica blanca, su rostro brillaba con aceite a tal grado que parecía iluminar el cuarto. Sólo podía pensar de cómo el mismo Hermano Branham nos había descrito aquellas personas más allá de la cortina del tiempo.
    El ataúd fue colocado en el vuelo de TWA después de todos los pasajeros y la carga. Conseguí un asiento lo más cerca posible a donde sabía que estaba el cadáver del profeta en la parte carguera del avión. Siempre había orado al entrar a un avión y le había pedido al Señor que me concediera un viaje seguro, que me llevara y me usara, y me regresara con bien a mi familia. En esta ocasión fue distinto. Dije: "Señor, si es Tu deseo llevar a Tu profeta en una bola de fuego, tal como hiciste con Elías, sería un placer para mi subir con él."
    Nos bajamos en Saint Louis, yo y el cadáver del profeta, a esperar otro avión para luego continuar el viaje. Nunca me aparté del lado del ataúd, aun cuando lo trasladaron a través de la pista hacía un almacén. Era en aquel almacén que me tocó una vigilia de tres horas, con el oído pegado al ataúd. A cada momento esperaba escuchar la voz del profeta decir: "Hermano Green, sáqueme de aquí." Hacía mucho frió y estaba muy solo en ese almacén. Muchos pensamientos corrían por mi mente, preguntas y más preguntas...¿y ahora que?
    Nuevamente la Palabra fiel vino a socorrerme: "Aunque uno se levantare de los muertos, ellos no creerán." Y a pesar de todo, ¿qué haría yo si en verdad me hablara? ¿Alguien me creería si en verdad se levantara? ¿Me creería el Hermano Billy Paul, o el Hermano Borders? ¿O mas bien me echarían a mi la culpa si el cadáver desapareciere? Entonces sentí pedirle a Dios si era que me estaba mostrando que él resucitaría con los demás que han muerto en Cristo. Luego dije: "Señor no permitas que resucite aquí conmigo solamente, espera hasta cuando hayan más testigos." Estaba temeroso de que los hombres no me habrían de creer. Y según la Palabra, no creerían, a menos que ya fueran predestinados para creer.

Tomado de: The Acts Of The Prophet, por Pearry Green, páginas 172-174.

 

 

 

 

 

 

 

 

MAS ALLÁ DE ESTE ULTIMO RESPIRO

por William Branham

    El otro día temprano estaba acostado en la cama, y me puse a pensar de cómo sería en aquella teofanía o cuerpo celestial. ¿Sería el caso de que yo pudiera ver a mis preciosos amigos, o más bien sólo vería pasar una niebla blanca, y decir: "Allí va el Hermano Neville?" Con frecuencia he pensado en eso.
    Me levanté sobre la almohada y recargué la cabeza en la cabecera de la cama, y entonces escuché una voz decir: "¿Deseas ver más allá de la cortina?"
    Respondí: "Me ayudaría tanto." Miré, y en un instante, en un solo respiro, yo había llegado a lo que parecía ser un tremendo prado verde. Miré hacia allá, y allí estaba sobre la cama. Dije: "Esto es algo muy raro."
    Miré para acá y para allá, y venían miles y miles de personas, corriendo y gritando: "Oh, nuestro precioso hermano." Señoritas jóvenes, quizás entre veinte y veinticinco años de edad, me estaban abrazando y gritando: "Nuestro precioso hermano."     Luego llegaron varones en toda la brillantez de su masculinidad. Sus ojos brillando como estrellas en una noche oscura, sus dientes como perla, y estaban gritando y abrazándome, y diciendo: "Nuestro precioso hermano."
    De repente me fije en mis manos, ¡y yo era joven! Miré mi cuerpo acostado allá en la cama con las manos detrás de la cabeza, y dije: "Yo no entiendo esto."
    Luego esa voz que estaba hablando más arriba, dijo: "Sabes que está escrito en la Biblia que los profetas fueron reunidos con su gente."
    Dije: "Si, me acuerdo de eso en las Escrituras."
    El dijo: "Esto es cuando serás reunido con tu gente."
    Dije: "¿Entonces serán reales, y los podré tocar?"
    Dijo: "Oh, si."
    Dije yo: "Pero hay millones, y no hay tantos Branham."
    Y esa voz dijo: "No son Branham. Estos son tus convertidos, los que has traído al Señor. Algunas de esas mujeres que son tan hermosas tenían más de noventa años cuando las guiaste al Señor. Con razón están gritando, 'Mi precioso hermano'."
    Pregunté: "¿Todo líder tiene que ser juzgado de esa manera?"
    Dijo: "Sí."
    Dije: "¿Y que de Pablo?"
    Dijo: "El será juzgado con los suyos."
    "Bien", dije yo, "si el grupo de él entra, entonces los míos también, porque yo he predicado la misma Palabra."
    Y entonces millones gritaron a una sola voz, diciendo: "¡En eso estamos confiando!"
    Todo temor de la muerte ha desaparecido. Sería un placer ser llevado de esta corrupción y desgracia. Ojalá hubiera alguna manera de explicarlo a Uds., pero la verdad es que a un solo paso más allá de este último respiro está la cosa más gloriosa. Una sola visita allá me ha transformado en un hombre distinto. Nunca, nunca, nunca, pude ser el mismo Hermano Branham que era antes.

 

 

 

 

 

 

 

 


Una fotografía del periódico Friona Star

 

 

 

 

 

 

 

 


El día del funeral del Hermano Branham, cerraron las calles alrededor del Tabernáculo para acomodar a los vehículos de tanta gente que había venido.